III
El nuevo sistema de gobierno, según ha descifrado este filantrópico grupo nucleado bajo los ideales de la francmasonería, mantiene en principio las bases de la democracia pero añade una serie de ventajas tales como impedir el acceso intencional al gobierno de las peores lacras de la sociedad por tiempo indeterminado.
Como todos saben, la democracia postula que todo ciudadano tiene la libertad de formar parte del gobierno si así lo desea, sin importar sus condiciones socioeconómicas o culturales. En la práctica, resulta lamentable y evidente que, con el actual sistema de votos, el tamaño de la población y el acceso a los medios masivos de comunicación, el resultado de la votación está seriamente influenciado por la inversión en publicidad del candidato y sus Sponsors, amalgama que es fuente de numerosos intercambios de favores poco transparentes.
Monte Carlo, en cambio, va mucho mas allá, no solo postula la libertad de formar parte del gobierno, sino que la garantiza y esto lo hace a través de un mecanismo notablemente sencillo pero matemáticamente impecable: la elección aleatoria de todos los representantes. Este modesto artificio logra lo que para la Democracia Argentina es en evidencia imposible: minimizar el riesgo de que se de el peor de los escenarios (o en otras palabras, evitar que se enquiste un gobierno de políticos corruptos).
Si bien es verdad que un nuevo gobernante no estaría dotado en demasía de nobles cualidades, se puede argumentar con facilidad que tales cualidades estarán dictadas naturalmente por las leyes de la probabilidad. Supongamos por ejemplo, que se tiene un 20% de ciudadanos imbéciles, puede esperarse -justamente- que se obtenga un 20% de gobernantes igualmente imbéciles. Si, por otra parte, supiéramos que uno de cada cuatro argentinos es irremediablemente chanta, entonces seríamos guiados por tal clase de gobernantes en la misma proporción. Los detalles formales que respaldan dicha argumentación están fuera del alcance de este cronista pero especialistas en la materia avalan tales postulados.
Tomemos por caso un tipo como Menem en el ’88: con la fortuna amasada por la familia en aquella época, teniendo en cuenta que es un abogado (tal vez hasta un psicópata) y si además consideramos su vocación e historia política, tendría fácilmente un setenta por ciento del sistema a su favor para alcanzar el gobierno y eso que era musulmán. Ahora, en cambio, con el nuevo modelo tendría el mismo 0.0000002% que cualquier ciudadano honrado, no se hacen distinciones de ningún tipo. Si los Menem no abundasen en el pueblo tampoco lo harían en el gobierno, así de sencillo.
En todo caso, puede siempre decirse que -con el nuevo sistema- el pueblo obtiene el gobierno que se merece en tanto que este último no es más que un espejo de la sociedad. Esto -en clara contraposición con el actual modelo- es una gran ventaja, el cual se podría comparar con un espejo seriamente distorsionado, como aquéllos dispuestos en forma de laberinto en los parques temáticos para asustar y entretener a los mas pequeños, salvo que tales distorsiones tienen sus orígenes no ya en los principios de la óptica sino en las preferencias de conducción dictadas por las perturbaciones de la personalidad del ciudadano con vocación política y por la amplificación heterogénea acorde a los intereses creados a partir del sistema electoral y las campañas.