Hace un tiempo, un amigo me dijo que existe una palabra particular que sirve para sacar completamente de quicio a una persona cualquiera. Alguna clase de gente posee muy buen olfato para encontrar palabras próximas a dicha palabra detonante y a causa de ello, a la larga, terminan odiados en secreto por medio mundo. Aún así, casi nadie sabe cuál es la propia palabra -mucho menos la ajena- y si lo supiera, evitaría seguramente decirla en voz alta. Esto es una suerte, nunca damos con esa palabra que tiene un impacto certero y unas consecuencias impredecibles sobre el comportamiento de una persona. Nunca damos con esa palabra. Casi nunca. Este relato trata de una de esas raras otras veces.
(…)
Esa noche estaba en la estación de Lomas de Zamora y tenía pensado volver a Lanús para ocuparme de un trámite bancario o laboral al día siguiente. Mientras me alejaba de la agencia, para subirme al remís, presioné el botón de mi celular que alude a un micrófono y lo dejé grabando. Verifiqué por última vez si el aparato estaba grabando. Un segundo después, el micrófono quedó en el bolsillo de mi camisa y me olvidé por completo del asunto hasta que, más tarde, -en medio del mismo viaje-, el aparato delator reveló su existencia. Voy a volver más tarde sobre este asunto.
No se si lo conté ya, y en cualquier caso lo voy a contar igual: me gusta prestar atención a la forma de hablar de la gente que lleva una vida muy diferente a la mía. Siempre que puedo, tomo nota de las expresiones y frases que me sorprenden, poco importa si estoy en un bar, caminando por la calle o en una cola. Lo confieso, puedo estar parado en la cola de un banco anotando todo lo que dice una jubilada justo delante mío. Por lo general, es mucho más cómodo y preciso, simplemente grabar las conversaciones, ni que hablar si uno viaja con un desconocido en un remís a las tres de la mañana: tomar nota resultaría una actividad demasiado sospechosa. Así es que yo caminaba hacia el remís de Rodolfo, digo Rodolfo porque estoy casi seguro de que no era su nombre. El remís de Rodolfo tiene una pelotita de tenis sobre el techo, una pelotita vieja, despellejada y perforada por la antena de radio, cuya función es mantener la misma antena en su posición. El remís de la pelotita, al igual que su chofer, era el último de la fila y el más deteriorado de toda la decadente flota. Para el momento en que llegué hasta el Renault nueve bordó, que según podía ver, tenía al menos un lateral chocado entre la puerta y el guarda barros delantero, estaba tranquilo sabiendo que tenía el aparato grabando en el bolsillo y podría, cuando quisiera, revisar su cotenido. Me subí. El hombre ya estaba arriba y peleaba con la palanca de cambios.
Sobre el tablero rajado y reseco por el sol hay una estampita con una virgen, junto con una ramita seca de trigo. También podía ver una linterna negra y roja, un block de papeles irregulares escritos con mucha premura y sujetados por un broche para papel. Más abajo hay un cenicero rebasado de colillas fumadas hasta el filtro, cuyo humo impregnado en el habitáculo y perceptible de forma visual y olfativa delata innumerables viajes de regreso a la agencia con la boca ocupada. Del espejo retrovisor cuelga una cinta roja y un rosario de plástico y color crema. La butaca del conductor está parcialmente cubierta por una especie de manta formada por bolitas de madera. Me pregunto si será cómodo. Detrás del volante de competición y sobre el tablero, hay un perro morrudo cuya cabeza flotante asiente a la frecuencia de los pozos, baches y golpes de freno. A la derecha del volante de competición, hay un tácometro inmenso.
Un instante después de sentarme, el chofer pone la mano derecha entre sus piernas y saca de abajo de su butaca un estéreo desmontable e, inmediatamente, en el mismo movimiento de brazo, lo introduce en el hueco que corresponde. El aparato le responde con un lento de los ochenta sobre un fondo de ruido a fritura en proceso, y el display en ambar dice AM710, que es la frecuencia dedicada a la estación Radio Diez Argentina.
-¿Hasta dónde vas macho?
-A Lanús, al lado de la municipalidad.
Sshhh… Mirá… (Dice, en tono de enojo, con una mueca rara en la cara. A la vez que golpea la consola con una mano).
Yo miro pero no veo nada.
-Me robaron otra vez las monedas.
-¿Quiénes?
-Los pibitos estos, que andan dando vuelta, te das vuelta un segundo y te meten la mano. Es así, no te podés dar vuelta que te meten la mano. Ya los voy a agarrar. Vas a ver. Hijos de puta.
-Mirá vos.
-Sí, macho… Yo acá me mato laburando para que vengan estos hijos de puta y me roben y me roben.
-¿Te robaron algo más?
-No, no… esta vez las monedas, andá a saber que más. Ya los voy a agarrar.
-Vamos por la avenida mejor.
-Sí, sí.
El hombre tomó una loma de burro con excesiva velocidad y se abrió la guantera. La cerró con excesiva velocidad, de un golpe seco.
-Ahí guardo el chumbo. Nunca se sabe, viste. Me dice, en tono de confidencia.
Yo le hago un gesto que no significa nada o tal vez: te escuché, interpretá lo que quieras. Él toma un atado de puchos Jockey Club, el paquete contiene un encendedor de bic en su interior. Se coloca un pucho en la boca y extiende el paquete sobre mi cara.
-¿No? Necesito un pucho, ¿te jode?
Yo hago un gesto que significa hacé como quieras y él me lee a la perfección.
-Hoy todos viajes cortos, y muchas minas. Cuando llevás a un tipo tenés que aprovechar viste. La minas son unas histéricas, por más que tengas ganas de fumar tenés que aguantarte,viste, sino te hacen un quilombo.
-Me imagino…
-Mirá a este… Él señala una casa sobre la derecha y la sigue con el dedo, el pucho y el torso.
-Este que vive ahí, es chorro, la otra vuelta me había robado el paragolpe de atrás.
-¿No me digas?
-Sí, me lo cruzaba cada dos por tres que volvía para la agencia y el hijo de puta me saludaba. En esa me doy cuenta… este sabe… este sabe…
-¿Sí?
-Sí, tiene todas cosas afanadas ahí atrás. Pero me dije, ya lo voy a agarrar. La otra vuelta me le metí en el galpón al puto ese. Todas cosas afanadas.
-¿Cómo entraste?
-Pegué dos patadas al chaperío ese que tiene y me le metí. Si lo llego a encontrar le meto un tiro.
-¿El paragolpes?
-No… ¡Qué lo voy a encontrar! ¡Es más rápido el hijo de puta! Ya lo había vendido. Un día le voy a pasar por arriba. ¿Sabés lo que te cuesta un paragolpe? No uno afanado, eh, esos no, yo te lo compro bien. Hay muchos acá que te compran afanado y después estamos como estamos.
-¿Por dónde estamos yendo? ¿No ibamos a agarrar por la avenida?
-Sí, no… por acá llegamos mejor, vas a ver.
-¿Escuchaste lo que dijeron?
-¿Quiénes?
-En la agencia, los otros remiseros.
-No sé.
-¿No?
-Creo que no.
-Están todo el tiempo, puto esto, puto lo otro. De acá, todo el tiempo y dale, y dale. ¿No escuchaste que dijeron?
-La verdad que no.
-Los veo que se ríen, se codean, y dale, y dale y me acerco y no me dicen nada. No te quieren decir nada. Pero están todo el día, puto y dale putito. Te enferman, sabés. Te tratan de maricón, yo los veo que se miran, y no me dicen nada pero hablan y hablan, y andan diciendo pavadas, todo el día. ¿Maricón, quien? ¿Quién? La otra vuelta lo encaré a uno y le dije que como siga jodiendo así le voy a meter un fierrazo.
El hombre apretaba los labios de bronca sobre el pucho, y sacudía la cabeza para un lado y para, al revés que el perro del tablero.
-¿Qué te dijo?
-¿Qué me dijo? Nada, que va a decir… ¡No te pongás así, con vos no tengo nada! ¿¡Qué no va a tener nada!? Todo el día, putito esto, putito lo otro. Uno que te hace un gesto con la mano y como que se rasca la oreja y los otros que se te ríen. ¿Maricón quién?
-Y un día uno se cansa, ¿sabés?
-No le des importancia…
-¿Qué no le de importancia? ¿Qué no le de importancia? ¡Qué no le voy a dar importancia! ¿Qué soy yo?
Yo miraba por la ventana y trataba de reconocer donde estábamos.
-¿Sabés que hice?
-¿Qué?
-A la jermu del Lito, que tanto tiene él que hablar, y dale y dale, la fui a buscar en el franco mío y me la llevé a la catrera en la casa de él. Y la otra, la Silvi, la del otro puto ese, la agarré acá atrás.
Al decir eso, Rodolfo golpeo sonora y rítmicamente el asiento trasero con la mano derecha.
-Uno por uno, ni se imaginan, con quien se metieron. La Monica, la del Barba, el impotente ese, sabe que yo no le fallo, no sabés como la hice gritar.
-¿Sí?
- Ni te imaginás, si supieran ¿La del Claudio? Acá atrás también. Del pecho se le escapó una tos seca.
-¿Sí?
-¡’Sí! ¡Sí! Rodolfo sacudía la cabeza como el perro del tablero pero con más mucha rabia y apretaba los dientes y repetía gritando y con mucha bronca. En ese momento, ya tenía el pucho retorcido entre los dedos agarrotados sobre la palanca de cambios, palanca que sacudía violentamente y producía erráticos cambios en la velocidad con la que nos dirigíamos hacia cualquier lugar menos mi casa.
-¿Maricón quién? ¿Maricón quién? ¿¡Quién!?
Sobra decir que el hombre se alteró mucho en ese momento pero lo voy a decir igual.
-¿Maricón quién? ¿Qué soy yo? Eh, ¿¡Qué soy!?
Ante esa última pregunta, tomé la decisión de mantener el pico cerrado y en retrospectiva, estoy conforme con ello. Lo que quiero decir es que tenía una o dos palabras en la cabeza para decirle, una de esas palabras que pueden detonar una reacción en cadena pero no estaba para nada dispuesto a ver cuales serían.
Por otra lado, una parte de mí quería preguntarle si tenía le menor idea hacia donde estábamos yendo porque parecía, como ya les dije, pero lo voy a decir igual, que viajamos a cualquier lugar que no fuera mi casa. Sin embargo, preferí esperar un poco sin decir nada. Unos minutos más tarde de continuo desplazamiento a la deriva, parecieron bastar para que el hombre empezara a calmarse, tan solo para que, un instante después, suene un beep de mi celular.
En ese momento yo no sabía que el modelo de que disponía solo podía grabar diez minutos de audio, transcurrido ese lapso, se agota el espacio dedicado a tales tareas, hace un beep y reproduce.
Enseguida empezó a escucharse ruido ambiental y voces saliendo del bolsillo de mi camisa.
Yo tomé tan rápido como pude el aparato, y comencé a presionar una serie de botones, acciones que eran respondidas por el alcauete aparto con un sonoro beep. Gracias a estas serie de operaciones, el archivo de audio desapareció del celular y la reproducción terminó. Me sentía como Pierce Brosnan a punto de ser descubierto por un remisero de la KGB.
-Me entró un mensaje, dije, tratando de sonar convincente.
El tipo paró el auto inmediatamente a un costado y se bajó violentamente, y se fue a mi espalda, a la parte trasera del auto. Yo bajé la ventanilla en esa calle oscura de escalada que pudo ser Conde Cavour o Iberlucea. Y me quedé escuchando la fritura de la radio y al locutor iracundo de Radio Diez. El locutor decía con mucho enojo:
-Ahora, yo me pregunto. Vio usted, cuando está caminando por la nueve de Julio, no le parece raro que haya tanta gente transitando en auto a una hora insólita. Son las tres de la mañana, loco.
-¿Y Donde va toda esa gente a las tres de la mañana? ¡Autos para un lado! ¡Autos para el otro! ¿Qué pasa en este país? ¿Nadie labura? Yo me pregunto, que tiene que hacer toda esa gente a las tres de la mañana de un martes en la calle? ¿Cómo puede ser? Después dicen que estamos mal. Pero, ¿y entonces?
De pronto, escuché un golpe en el baúl y el hombre volvió a entrar.
-No, pensé que… Dijo Rodolfo, con los ojos rojos y humedecidos, pero no siguió, y yo tampoco seguí. Yo todavía quería preguntarle si no podríamos retomar el camino a mi casa pero me intimidaba la vena que le latía en la frente colorada.
La radio, mientras tanto gritaba por él:
¿Quién paga todos esos autos? A mí me dan ganas de pararlos y empezar a averiguar. ¿A dónde va toda esa gente? ¿Qué están haciendo? Total, el único gil que se levanta temprano es uno. Quiero que alguien me llame y me diga qué es lo que está pasando acá señores. ¿Qué hace esa gente? ¿De qué vive esa gente? O de quien. Repito lo que me pregunto señores… ¿Nadie labura en este país? ¿Nadie labura? Quiero que alguien me diga.
Seguimos viaje y luego de un rato, timidamente le pregunté hacia donde estaba yendo. Cada tanto, me veía obligado a decirle que había doblado antes o después del momento más oportuno y nos reencauzabamos siempre acompañados por el locutor iracundo de Radio Diez, pero de a poco, fuimos llegando. Ninguno de los dos hablaba, salvo cuando no quedaba otra. Pero yo todavía estaba un poco aturdido y estoy seguro de que, los dos, él con bronca y yo con una mezcla de lástima y asco, escuchabamos sus gritos ahogados.
¿Maricón quién?
¿¡Quién!?
¿Qué soy yo? Eh.
¿¡Qué soy!?
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Que bueno que estés de vuelta! extrañaba la buena lectura..
Mati, me alegro de verte por acá, espero ponerme al día pronto que ya me retaron:P. Hern.
Escribis muy bien Hernan, no pensaste en escribir una novela ? y editarla? claro no debe ser tan facil, pero no imposible.
Me meto en el cuento, en los dialogos y en tus reflexiones y realmente los vivo!
Es real lo que escribis?
besos . Mama
¡Muchas gracias! Seguramente, en algún futuro próximo se me de por escribir una novela. Como vos decís, va a ser difícil encontrar a un imprudente que quiera editarla y distribuirla. Con una colección de cuentos pasa algo similiar, pero siempre puedo publicar los relatos en el blog. En cambio, la novela sería bastante incómoda de leer en el blog. Te cuento que, de todos modos, estoy terminando un guión, que se acerca en extensión a una novela corta, y voy a ir publicándola acá mismo escena por escena, diariamente o casi.
Sobre si son reales los relatos, depende de cuál (paso a destruir algunos mitos):
* Este mismo relato: basado en un suceso real (hay varias cosas que son ficción).
* Lo que pasa es que soy minimalista: casi todo real, los diálogos son similares a los dialogos que suelo tener con el gordo pero los tuve que inventar (porque pasó hace tiempo y no me acuerdo para nada), y hay algunos pocos elementos de ficción.
* Gina: Real (o, al menos, lo que yo pude recordar y elegí contar)
* ¿Y si me lo tomo qué?: es ficción, a pesar de que estoy seguro de que el 45 realmente me quita el insomnio.
Un beso,
Her.
Esperemos tu guión entonces. Con respecto a lo que contestaste, intuí que tus cuentos eran algunos reales y otros parte real y parte ficcion. Besos
Excelente relato!!!
Pude recordar viajes similares, en similares Renaults nueves y con similares choferes que esquivaban la avenida para no ser jodidos por la cana, que esquivaban el pudor y soltaban la confidencia en la calle paralela, bacheada y oscura.
Felicitaciones!
SomewhereNowhere Man,Me alegro de que te haya gustado, che. El asunto de esquivar las avenidas que decís es un clásico. Por otra parte, se me acaba de ocurrir que
Viaje en remís, sin duda, es un subgénero del Thriller.
Abrazo, Hern.