El señor Collet no sospecha que el auto está sin batería. Camina por la vereda desde la puerta de su casa con el llavero en una mano. Contra el cordón de la vereda, hay un Peugeot 504 plateado impecable, la última persona en conducirlo fue la señora Collet, el día de ayer. El Peugeot tiene las luces encendidas a pesar de ser las tres de la tarde de un viernes soleado y de estar a rayo del sol desde el mediodía. El señor tampoco sabe que tiene muy poco combustible, quizá el suficiente como para viajar hasta la estación de servicio más cercana pero seguramente no alcance para llegar a la Shell que acostumbra ir (esto lo descubrirá mucho más tarde).
[...]
Ahora el Señor Collet abre la puerta y ya está sentando en su auto e inmediatamente comienza a transpirar como un chancho y se inclina sobre el volante, tiene la cara colorada y el cuello tenso y sus rodillas están pegadas al tablero. Quiso darle arranque distraídamente por primera vez girando la llave con una mano, intentando inútilmente encenderlo, a la vez que con la otra mano –inútilmente también- baja la ventanilla para que entre un poco de aire fresco, no hay. Ya trató de darle arranque dos veces y las dos veces se quemó el antebrazo con el cuero del volante y el auto no encendió tampoco. Ahora mientras una mano intenta repetir inútilmente el encendido, la otra mano intenta -inutilmente también- alcanzar la palanca que permitiría deslizar la butaca y su presión arterial a lugares más saludables. Un instante después, va hecho una furia al garage y se escuchan ruidos de herramientas que golpean unas contra otras y entonces se armó.
Lo que sucede es que la señora le ha tirado a la basura su chomba preferida ¡Me daba vergüenza donarla! Sucede que ha prestado a un vecino su caja de herramientas sin consultarle y que probablemente nunca la vuelva ver o que si lo hace, puede estar segura de que sus mejores herramientas no habrán vuelto con la caja. Ella dice que él olvidó su último aniversario y que no le alcanzaría las chombas de su armario ni las herramientas de su garage para compensar el olvido. ¡Yo nunca te tiré un plumero! Después vienen los reclamos entrados en años y que a modo de réplica, permiten sostener la batalla a través del tiempo ¡Nunca viajamos al extranjero! ¿Y eso que tiene que ver? Por si no lo sabían, el señor y la señora Collet están muy enojados el uno con el otro.
Para colmo de males, las amigas de la señora tienen por costumbre puyar a la señora Collet al teléfono, tal como los toreros haciendo que esta se enoje más de lo conveniente. Además de todo esto, él no solo olvidó el aniversario de la señora Collet (como decía personalmente a su amigo Antonio) sino que olvidó también pagar la cuenta del teléfono, así es que la señora Collet, muy enojada y no pudiendo enfurecerse adecuadamente al teléfono, se dirije ahora mismo a casa de su amiga Joly. El señor en cambio, decidió que le vendría bien reencontrarse con la naturaleza, con sus instintos más básicos y a causa de ello logró coordinar con dos viejos amigos -Antonio y Julio- para hacer una escapada fugaz de fin de semana de pesca, sin las señoras. Los viejos amigos, accedieron del todo conformes ya que sus respectivas señoras están reunidas en lo de Jolie Salinares “puyando” a la señora Collet y no quieren andar cerca mientras esto sucede.
Así es que así está la cosa, el señor Collet y sus señores amigos están ya en la casa de campo, reencontrándose con la naturaleza y con sus instintos primarios: es decir, están jugando póquer, dispuestos espaciosamente alrededor de una mesa redonda y haciendo apuestas minúsculas y tomando minúsculas medidas de whisky, las cuales comparten recinto con unos señores témpanos de hielo en copas estilo “Don Pedro”. Lo poco que se puede aventurar sobre Don Pedro es que al pobre debe haberlo alcanzado la muerte antes de que le surgiera la necesidad de salir a comprar al almacén la segunda botella de whisky y después de haber comprado no menos de veinte bolsas de rolito.
Las señoras , como les decía, están muy a gusto en lo de Jolie enterándose de lo desgraciada que es la señora Collet a causa de las cosas que hace su marido o -mejor dicho- de las que no hace. Esto sucede en la pérgola (para que algunos más entiendan la idea, les cuento que una pérgola es como un muelle colocado en medio del jardín). A ellas poco les importan las pequeñas apuestas y el reencuentro con la naturaleza, a no ser que tomemos en cuenta los tecitos de jazmín y rosa mosqueta que toman remilgadamente bajo la pérgola de la señora Joly. Vale observar el hecho de que ahora mismo juegan canasta, y juntan piernas y escaleras, que les llaman canastas, para que no se confunda con aquél viciado juego que tanto gusta a los señores. La canasta, aclaro para aquellos que nunca jugaron- es el póquer sin mentiras. Además, como cosa deliciosa, toman todas una copita de coñac, del tamaño de un dedal, apenas mayor a una medida de whisky.
En la casa de campo , entre mano y mano de póquer. Luego de ver las cartas que han tocado en suerte o antes de arrojar un montón de fichas al pozo y gracias al convite de Julio, los señores se perjudican dando largas pitadas a unos enormes cigarros morenos.
El poquer, para aquellos que nunca lo han jugado, les comento que es como jugar a la canasta pero usando nombres como Full o Póquer y simulando tener lo que no se tiene o al revés. En lo de joly, en cambio, se comen porciones grandísimas de brownie hasta hacerse mal.
Cuando las señoras terminan el partido de póquer sin mentiras o de canasta, como prefieran llamarlo, Sandra se apresura a traer costureros repletos hasta reventar de pequeñas cuentas, canutillos, lentejuelas, cuerdas irrompibles, mosquetones y demás cosas por el estilo -que no podría nombrar sin previa investigación- y con todo esto, seleccionan piezas a puro capricho y las enebran con precisión. El objetivo de todo esto, además de distraerse, es formar unos collares llamativos que realcen la belleza de quien lo porta, unos collares dignos de atrapar a un pez gordo que pase distraído y siempre y cuando sepa lucirlo de la manera y en el sitio adecuados. Los señores, en cambio, dejan el póquer en cuanto van quedando pelados en el juego, otros con peor suerte, se quedan pelados por partida doble y abandonan el juegos más que lijero. El ganador, en cambio, si tiene la suerte de no ser pelado, se sabe secretamente odiado por los demás, por lo que deberá hacer buena letra el resto de la jornada si no quiere convertirse en el enemigo común de la salida.
El caso es que acabado el partido de canasta con mentiras o de póquer –como quieran llamarlo-, los señores se van al muelle a armar las lineas de pesca. Para que algunas más entiendan cual es la idea de todo esto, les cuento que un muelle es como una pérgola colocada sobre el río. Lo señores llevan sus cajas de pesca llenas de boyas, plomadas, anzuelos, rieles, mosquetones y un montón de otras cosas -que no podría nombrar sin previa investigación- y se pasan tres cuartos de hora armando las mejores y más llamativas lineas de pesca, capaces, según dicen, de atrapar un pez gordo, con tal que sepa tirarse la linea en el lugar adecuado y en el momento preciso.
Los señores elijen la cantidad justa de anzuelos y las boyas de colores más atractivos para la fauna acuática y tienen mucho cuidado de que no se hagan galletas. También se cuidan de que las plomadas no caigan bajo el muelle antes de hacer el nudo correcto –lo que podría estirar los preparativos más allá de la hora treinta-. Mientras esto sucede, digo, las señoras comen galletas, y conversan holgadamente mientras combinan cuentas de colores irresistibles para la propia especie. Siempre cuidando que no se suelte el hilo antes de colocar el mosquetón característico, lo cual podría hechar a perder el trabajo y en tal caso, tendrían que volver a empezar. Cuando estos preparativos acaban, los collares están hermosos y las lineas son irresistibles. Poco importa el hecho de que gracias al descuido de la mucama, el collar de la señora tenga flotadores y la linea de pesca del señor tenga cuentas de collar.
Cuando cae la tarde, mientras los señores intentan pescar y las señoras se prueban sus collares, los mosquitos asedian con indiferencia el muelle y la pérgola y hostigan a sus ocupantes. En seguida el aire se llena de chasquidos a causa de los golpes de mano abierta que se dan los ocupantes del muelle y la pérgola (es la señal de que pronto emprenderán la huída). En algún momento, la señora Collet mira como le queda su collar frente al espejo y el señor Collet mira la boya y espera el pique y los dos se preguntan que diablos será lo que tienen en común.


Me gustan el recurso descriptivo utilizando enumeraciones. Estas enumeraciones de cosas -que solo podría conoce con posterior investigación- dejan ver la amplitud del universo y la estreches de mi depto 2 ambientes.
Muy lindo!
nowheremanNowhere Man,Destruí la pared divisoria entre ambos ambientes a golpe de maza y hacete un loft. Si el propietario protesta,
decile que están de moda.
Hasta pronto,
Her.
¡Hermoso el paralelismo! Tan paralelos que no se pueden juntar.
Susana,
Y a mí me gustó mucho tu analogía…
Un saludo,
Her.
Muy bueno, me encantó, te felicito.
A Martín:
Me alegro, tano.
Creo que estos dos tienen mas cosas en común de las que aparentan, es solo que como muchos hombres y mujeres, creen que está bien enemistarse; genial la forma de plasmar esto.
MUY BUENO! Me encantó!
A Daniela:
No sé, che.. para mi son muy distintos;)
Hasta pronto , Hernán.
Genial che! te sigo leyendo..
Saludos,